El saber filosófico y sus transformaciones
Gustavo Bueno, Symploké
El saber filosófico y sus transformaciones
1.6.1. Ciencia y Filosofía. Historia de un conflicto
El caso de Tales, al que tópicamente se remontan los orígenes de la filosofía,
ilustra, muy a las claras, las peculiares relaciones que la ciencia mantiene con la
filosofía.
Siguiendo la ley de los tres estadios de Comte, suele admitirse acríticamente,
hoy en día, que la filosofía nació antes que las ciencias como una especie de tronco
común del que, con el paso del tiempo, se irían desgajando lentamente algunas ramas
del conocimiento, que alcanzarían el carácter de ciencia al independizarse de la
filosofía. Pero la metáfora del árbol de la ciencia no rinde cuenta de la existencia de una
ciencia griega, bien consolidada, cuyo ciclo se extiende desde Tales de Mileto a Hipatía.
En realidad, sólo vale para ilustrar metafóricamente el proceso de academización de la
ciencia a partir del siglo XIX, tal como pudo observarlo el propio Comte. Es verdad que
de la Facultad de Filosofía y Artes de la Universidad medieval fueron desgajándose
institucionalmente distintas Facultades de Ciencias y Letras a partir del siglo XIX. Pero
este hecho histórico, todavía cercano y perfectamente analizable, nada tiene que ver con
los orígenes de la ciencia y de la filosofía.
Quienes defienden la tesis de la prioridad temporal de la filosofía sobre la
ciencia se encuentran siempre ante la paradoja de tener que admitir que los primeros
filósofos fueron también científicos. Se recurre entonces a un confuso esquema de
fusión entre ciencia y filosofía en el que nada se discrimina con precisión. Desde
nuestro punto de vista, resulta indudable la existencia de una ciencia griega racional,
perfectamente estructurada y coherente. Los Milesios fueron, antes que nada,
científicos, geómetras, físicos, astrónomos. Sobre la base de su racionalismo científico,
proyectaron esquemas cósmicos alternativos a los de los mitos, la magia y la religión.
Llegaron, así, a inaugurar un racionalismo metafísico, pero la metafísica de Tales,
Heráclito, Anaximandro o Empédocles, no era todavía filosofía en el pleno sentido de la
palabra. La filosofía de los presocráticos, que Hegel consideraba, con razón, demasiado
turbia e inconcreta, no es más que la extrapolación de los esquemas racionalistas, en
particular del esquema material de identidad del círculo, al universo entendido como un
todo. La introducción del círculo en cosmología es, a la vez, en el marco del
pensamiento monista, la introducción de un esquema racional en metafísica, el modo
histórico de totalizar el universo según un esquema racional y no mítico. Es cierto que
los presocráticos manejan la Idea ontológica de identidad, pero ésta se halla aún recluida
en el círculo categorial de la geometría.
El despegue del racionalismo es, por tanto, primeramente, un despegue
científico, categorial. Sólo la confrontación entre diversas ideas y su entretejimiento en
una symploké, provocará la irrupción de la filosofía académica propiamente dicha. En
este sentido atribuimos la paternidad de la filosofía a Platón. Su formulación de la
llamada Teoría de las Ideas supone el descubrimiento técnico del campo en el que los
filósofos profesionales instalarán su taller y ejercitarán su actividad crítica de trituración y pulimento de esos materiales culturales, que son las Ideas. No en vano es Platón el
fundador de la Academia, primera institución cultural dedicada a la investigación, al estudio y a la crítica. En su frontispicio figuraba la inscripción: "Nadie entre aquí que no
sepa geometría".
El descubrimiento de las Ideas, incluso su hipostatización en un cosmos uranós
aparte, en un tercer mundo celeste, ni físico, ni antropológico, sino ideal, divino, supone
además la apertura de una nueva dimensión, la Ontología, "la ciencia del ser en cuanto
ser", como dirá Aristóteles, cuyos contornos se irán dibujando lenta, pero
constantemente desde ahora. No es, pues, de recibo, históricamente hablando, la versión
positivista del progresivo vaciamiento cognoscitivo de la filosofía a medida que las
ciencias van alcanzando su madurez. Y no ya porque la metáfora del árbol de las
ciencias no pueda ser reinterpretada para reivindicar la necesidad de la filosofía, en
virtud de que no hay ramas sin tronco, sino porque aceptar la metáfora es introducir
equívocos sin cuento. En el fondo, se trata de una versión idealista y dogmática sobre la
naturaleza de la ciencia, de una extrapolación filosófica cuya naturaleza ideológica se
disimula bajo el ropaje del cientificismo. Es idealista, porque desconecta a las ciencias
de su génesis material (las técnicas), al hacerlas depender directamente de simples
cambios en el plano teórico de las ideas. Si las ciencias se alimentan de mitologías,
ideologías o filosofías abstrusas (metafísica), no está claro en virtud de qué sus
construcciones hipotéticas deben tener alguna consecuencia práctica. Pero, además, es
una versión puramente ideológica o dogmática, porque, al cancelar la investigación con
el establecimiento de verdades categoriales limitadas, se seca la fuente del propio
progreso científico.
Es ilustrativo a este respecto recordar que Comte, cuando plantea
mesiánicamente el advenimiento del estadio positivo de la ciencia, como coronación del
desarrollo cognoscitivo de la humanidad, instaura un criterio de demarcación entre
ciencia y metafísica tan tajante como engañoso. Tres rasgos caracterizan, según Comte,
al conocimiento científico, diferenciándolo del metafísico: su fenomenalismo, su
objetivismo nomológico y su empirismo. Esta demarcación no es clara ni coherente, ni
resiste un careo crítico con el desarrollo mismo de las ciencias. No es clara, porque no
precisa, en absoluto, la distinción entre fenómeno y lo que se disimula por debajo; por
ejemplo, los fenómenos atómicos subyacen a las apariencias sensibles y deberán
excluirse del seno de la ciencia. No es coherente, porque, por un lado pretende que las
leyes científicas reflejen fiel y objetivamente la realidad y, por otro, el fenomenismo
declara tal realidad inaccesible. Y no resiste un careo con el desarrollo ulterior de las
ciencias, porque Comte lanzó toda una serie de excomuniones positivistas sobre
disciplinas enteras que la historia desmiente drásticamente; la Astronomía para Comte,
por ejemplo, debe limitarse al Sistema Solar, y toda tentativa de conocer la composición
química de los astros es ilusoria, metafísica e inútil. Cosmología y Astrofísica deben
desaparecer, y cesar los estudios sobre la estructura de la materia, la teoría de la
evolución de las especies, e incluso, las investigaciones sobre la génesis de la sociedad.
Las prohibiciones afectan, incluso a la Matemática: el análisis se detiene en la Física y
no es aplicable a la Química, a la Biología, ni a la Sociología. Comte, además, fue tan
celoso de los compartimentos estancos en las disciplinas, que negó la teoría de las
vibraciones en Óptica, porque pertenecía a la Acústica.
Por último, el positivismo se desliza hacia el idealismo, porque reconoce
contradictoriamente una cierta continuidad entre la problemática metafísica y la
científica, que su criterio de demarcación niega en la práctica. Si la metafísica alquimista engendró la Química positiva, la astrología y el culto a los astros la
Astronomía positiva, y la especulación vitalista la Biología positiva, no es extraño que
Comte desconfiara del instrumental técnico de la ciencia (el microscopio acromático de
Amici, el telescopio, etc.).
El desarrollo de la Ciencia desmentirá pormenorizadamente las prudentes
prohibiciones de Comte, pero no resquebrajará el espíritu positivista, que se convierte
en el estilo dominante de la época y se despliega hasta nuestros días. Tal espíritu no sólo
se revitaliza en las modernas versiones del positivismo, tales como el empirismo lógico
del Círculo de Viena, sino que contagia concepciones metacientíficas aparentemente
enfrentadas al positivismo. Basten dos ejemplos para ilustrar la pregancia de la tesis
positivista en pensadores que se proclaman dialécticos. Havemann, en la Dialéctica sin
dogma, concluye:
"No necesitamos ningún sistema especial de teoremas y afirmaciones de
filosofía. No necesitamos más que las ciencias positivas y la consciencia de su
gran conexión interna. Esto significa la superación dialéctica de la filosofía, la
negación de la negación del originario materialismo ingenuo, su superación en
el materialismo moderno, el cual vuelve a fundir en una unidad la ciencia
positiva y la filosofía... La primera negación del primitivo materialismo ingenuo
fue, según Hegel, el idealismo. La moderna concepción unitaria del mundo
niega a su vez el idealismo y lo pone a un nivel más alto. En ese nivel se
encuentra el materialismo dialéctico." (pp. 232-233).
A su vez, Gaston Bachelard, en nombre de su materialismo técnico, o
racionalismo aplicado, denuncia los prejuicios unitarios de la filosofía (la unidad de ac-
ción del Creador, la unidad de plan de la Naturaleza, la unidad lógica) como los
obstáculos epistemológicos que los genios de las tinieblas, los filósofos, oponen
maniqueamente a los genios de la luz, los científicos:
"Cuando se investigan las condiciones psicológicas de los progresos de las
ciencias, se llega pronto a la convicción de que es en términos de obstáculos
como hay que plantear el problema del conocimiento científico. Y no se trata de
considerar obstáculos extemos como la complejidad y la fugacidad de los
fenómenos, ni de incriminar la debilidad de los sentidos. Es en el acto mismo de
conocer, íntimamente,-donde aparecen por una especie de necesidad funcional,
lentitudes y perturbaciones, causas de inercia... En efecto, se conoce en contra
de un conocimiento anterior, destruyendo conocimientos mal adquiridos o
superando aquello que, en el espíritu mismo, se opone a la espiritualización...
Cuando se presenta ante la cultura científica, el espíritu no es nunca joven. Es
incluso muy viejo, pues tiene la edad de sus prejuicios". (La formación del
espíritu científico, p. 15 y ss.).
Es cierto, como señala Bachelard, que el proceso de crecimiento de una ciencia
es lento e irregular, ofreciendo el aspecto de una serie de núcleos diversos que, en
determinados momentos, se expansionan, se funden con otros o se desintegran. Se trata
de un desarrollo conflictivo y caótico; para dar cuenta del mismo hay que considerar
todas las variables sociohistóricas posibles. Pero ese hecho, y el carácter limitado de las
ciencias, tanto extensionalmente como en profundidad, exige postular una racionalidad
más amplia y compleja, cuya crítica cale más profundamente. Tal es, en nuestra
opinión, el conocimiento filosófico. Afortunadamente, la concepción positivista del
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desga-jamiento entre ciencia y filosofía ha comenzado a ser corregida por los propios
científicos. Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química en 1977, apuesta por una nueva
alianza entre ambos saberes:
"El mundo técnico, que la ciencia clásica ha contribuido a crear,
necesita, para ser comprendido, de conceptos muy diferentes a los de esta
ciencia...
Se compara muchas veces la evolución de la ciencia a la evolución de
las especies en su descripción más clásica: arborescencias cada vez más
diversas y especializadas, progreso irreversible y unidireccional. Nos gustaría
proponer pasar de la imagen biológica a la imagen geológica, porque lo que
hemos descrito es más bien del orden del deslizamiento que de la mutación.
Preguntas abandonadas o negadas por una disciplina han pasado en silencio a
otra, han resurgido dentro de un nuevo contexto teórico. Su recorrido,
subterráneo y de superficie, nos parece manifestar el sordo trabajo de algunas
cuestiones que determinaron la profunda puesta en comunicación más allá de la
proliferación de las disciplinas. Y es muchas veces en las intersecciones entre
disciplinas, con ocasión de la convergencia entre vías separadas de
aproximación, donde han surgido problemas que creíamos saldados, que han
podido insistir, bajo una forma renovada, antiguas preguntas anteriores al
enclaustramiento disciplinario...
Aquí también, debemos subrayar una convergencia en donde se revela
la coherencia cultural de una época". (La nueva alianza, pp. 272-280).
1.6.2. Rasgos distintivos del conocimiento filosófico
Desde la perspectiva en que nos situamos, podría caracterizarse, sucintamente,
a la filosofía mediante los siguientes rasgos:
A. La Filosofía, como su propia etimología indica, más que un saber, es un
amor al saber, una tensión, un eros (en sentido platónico) hacia el conocimiento.
'Tras quedar admirado León del talento y elocuencia de Pitágoras, le preguntó
en qué arte confiaba más, a lo que éste replicó que no conocía arte alguna, sino
que era filósofo. Asombrado León por la novedad de la denominación, le
preguntó quiénes eran los filósofos y en qué se diferenciaban de los demás.
Pitágoras le respondió que la vida de los hombre se parece a un festival
celebrado con los mejores juegos de toda Grecia, para el cual algunos
ejercitaban sus cuerpos para aspirar a la gloría y a la distinción de una corona, y
otros eran atraídos por el provecho y lucro en comprar o vender, mientras otros,
no buscaban el aplauso ni el lucro, sino que acudían para ver y observar
cuidadosamente qué se hacía y de qué modo. Así también nosotros, como si
hubiéramos llegado a un festival célebre desde otra ciudad, venimos a esta vida
desde otra vida y naturaleza; algunos para servir a la gloria, otros a las riquezas;
pocos son los que, teniendo a todas las demás cosas en nada, examinan
cuidadosamente la naturaleza de las cosas. Y éstos se llamaron amantes de la
sabiduría, o sea ñlósofos, y así como los más nobles van (a los juegos) a mirar
sin adquirir nada para sí, así en la vida la contemplación y conocimiento de las
cosas con empeño sobrepasa en mucho a todo lo demás. En realidad, Pitágoras
no fue el mero inventor del nombre, sino el que amplió (el campo) de las cosas
mismas". (Herácl. Pont., fr. 88 W. Cic., Tuse. V. 3, 8-10).
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Afirmar esto a la altura del siglo XX significa, antes que nada, reconocer con
muchos pensadores analíticos, que es una actividad (Wittgenstein) y con muchos
pensadores dialécticos que es una praxis (Marx). Aunque ni la actividad ni la praxis
disuelven la conciencia filosófica en un puro activismo nihilista.
B. Pero esa praxis tiene un carácter crítico. También las ciencias son, como
hemos visto, críticas, pero su potencial crítico desmaya a la hora de enfrentar sus
hipótesis últimas: hay ciertos supuestos y ciertas cuestiones que no se discuten jamás
desde la ciencia. En este sentido, la filosofía va más allá de la ciencia, tanto en
extensión como en profundidad, su crítica es más radical. La tarea específica de la filo-
sofía consiste en trabajar relacionalmente esas hipótesis y supuestos, que las ciencias
han aceptado sin explorar. El científico es un especialista y no puede traspasar los
márgenes de su categoría específica sin extrapolar sus métodos a campos para los que
no han sido construidos. Cuando el especialista rebasa las fronteras acotadas, hace,
consciente o inconscientemente, filosofía. Tal extrapolación es legítima, pero no es
científica. La racionalidad particular de las ciencias por separado, y conjuntamente, es
perfectamente compatible con una irracionalidad en el planteamiento de los problemas
llamados transcendentales. En este sentido, la filosofía rebasa la ciencia en extensión.
Pero también la desborda en profundidad, porque no se detiene ante la crítica de los
propios supuestos racionales. La filosofía conlleva necesariamente un trámite recursivo
de autoconcepción, es la propia autocrítica de la razón en cada momento de la historia;
no sólo intenta controlar el mundo técnicamente (el interés nomopragmático del
conocimiento), sino también autocontrolar el propio funcionamiento de la razón,
enfrentando las grandes directrices que orientan la vida humana en su conjunto. De ahí
la pretensión, no por utópica menos irrenunciable, de alcanzar una fundamentación
última, que muchas escuelas filosóficas comparten (racionalismo, fenomenología,
hermenéutica, etc.). Esta exigencia, de fundamentación en profundidad y de
sistematización en extensión, se ha convertido en nuestra época, la época de la ciencia,
en una tarea poco menos que imposible. No obstante, sigue manifestándose aún hoy, en
el intento permanente de justificar y fundamentar las ciencias materialmente, desde el
propio interior del conocimiento científico especializado. Hans-Georg Gadamer lo
expresa del siguiente modo:
"Aun cuando la filosofía tenga que renunciar a intervenir en el trabajo de las
ciencias indicando direcciones o hasta corrigiéndolas, tiene que dedicarse a la
vieja tarea de justificación de la vida conformada por la ciencia. La
independencia de la ciencia con respecto a la filosofía significa, al mismo
tiempo, su falta de responsabilidad; naturalmente no en el sentido moral de la
palabra, sino en el sentido de su incapacidad y falta de necesidad de dar
justificación de aquello que ella significa en el todo de la existencia humana, es
decir, principalmente, en su aplicación a la naturaleza y a la sociedad... Pero, si
(la teoría de la ciencia) quiere realmente proporcionar una justificación, ¿no
tiene acaso que ir más allá de la tarea de una justificación inmanente del
quehacer de la ciencia? ¿No tiene que referirse su justificación al todo del saber
y a la ciencia en el todo de nuestro saber y no tropieza entonces con las mismas
cuestiones que la filosofía se ha planteado desde siempre y a las que no puede
renunciar ni después de la crítica demoledora de Kant, ni después del descrédito
de la especulación en el siglo XIX, ni tampoco después del veredicto de la unlty
ofsclence que hiciera tambalear a toda la metafísica?". (La Razón en la época de
la ciencia, p. 104).
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Que nuestra respuesta a estos interrogantes es afirmativa se pone de manifiesto
con sólo recordar la tipología del conocimiento que hemos pergeñado en este tema.
C. No hay crítica sin criterios. ¿En virtud de qué criterios o a instancias de
quién se arroga la filosofía esta tarea de orientar y justificar el progreso de la ciencia, en
particular en los momentos críticos, cuando son los propios supuestos de la ciencia los
que se quiebran? La situación actual oferta una serie de alternativas filosóficas
aparentemente contrapuestas. La filosofía no es una ciencia más al lado de las otras,
pero tampoco la reina de las ciencias, que las gobierna y dirige desde arriba. Sería
recaer en una pura ideología escolástica pretender que el hombre es capaz de una
sabiduría última, de un "acceso privilegiado al Ser" (Heidegger), que pasara por encima
del trabajo detallado de las ciencias. Pero no menos ilusoria resulta la actitud adjetivista,
que pretende fundar la capacidad crítica de la filosofía en la mera utilización rigurosa de
un instrumental lógico formal (Carnap). Frente a estas alternativas, pero también frente
al pragmatismo, que apela a los buenos resultados obtenidos, eludiendo las cuestiones
de principio, y frente al nihilismo, que desdeña toda justificación por inútil y viciosa,
llevando la crítica hasta sus últimas consecuencias, es decir, hasta la disolución de la
propia conciencia que ejerce la crítica, afirmamos aquí que la filosofía es un saber
sustantivo.
El campo sustantivo de la filosofía son las Ideas sobre las que trabaja la
conciencia crítica, puliéndolas y utilizándolas como criterios objetivos materiales para
determinar la conexión entre éstas y las verdades categoriales que, en cada época, nos
son conocidas. La conexión entre categorías e ideas es, así pues, la tarea fundamental de
la filosofía. Esta conexión cobra siempre un aspecto circular, recurrente: se apoya en el
regressus, en las categorías cristalizadas en cada época histórica para alcanzar las Ideas
que las atraviesan y las cosen; pero será en el progressus, una vez destiladas, cuando nos
sirven como cánones de medición crítica de las propias categorías.
Así la filosofía es crítica porque posee unos criterios ontológicos objetivos
aptos para que su tarea pueda llevarse a cabo en cada época histórica. La filosofía
académica tiene como tarea profesional la explotación de una symploké de Ideas que
han ido decantándose en el proceso histórico mismo de la producción, y que han sido
arrojadas como precipitado histórico en el curso mismo de este proceso. Pero estas
ideas no son eternas, ni siquiera inmortales. Algunas se han desintegrado ya, pero su
desintegración ha determinado la constitución de las Ideas presentes.
Por ejemplo, la Idea de Tiempo ya no puede limitarse a ser definida como "la
medida del movimiento según el antes y el después", de acuerdo con la célebre
definición de Aristóteles. Hace falta considerar su realización empírica en los tiempos
verbales que proporciona la Gramática, su solidificación tecnológica en los relojes, la
perspectiva cosmológica que las radiaciones cósmicas de fondo ofrecen, la termodiná-
mica de los procesos irreversibles, el nuevo concepto de relojes biológicos, etc. ¿Qué
idea de tiempo subya-ce, en la actualidad, a este conjunto de usos categoriales? La Idea
de Libertad, a su vez, ya no puede restringirse a la conciencia fenoménica, psicológica,
de nuestra capacidad de elección. Hace falta considerar, no ya sólo los problemas
teológicos y morales suscitados en la polémica De Auxiliis, sino la determinación del
inconsciente postulada por el Psicoanálisis, las aportaciones de la genética molecular,
de la endocrinología o del esquema E-R del Conductismo, amén de las aportaciones de
la Antropología Cultural y de la Sociología que ponen de manifiesto el carácter ritual de
muchos comportamientos habitualmente considerados libres. Lo mismo podría decirse
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de las Ideas de Estructura, Evolución, Identidad, Lenguaje, Ciencia, Verdad, Justicia,
Inercia, Causa, etc. Las Ideas son como hilos dorados que atraviesan las distintas
categorías sectoriales, las cosen y las entretejen, formando una malla de relaciones.
Con la Idea de Evolución, por ejemplo, hemos tejido hasta aquí una tipología filosófica
del conocimiento. Su valor dependerá de la capacidad que tenga para totalizar el con-
junto de actividades cognoscitivas humanas, contribuyendo así a la plasmación de una
geometría de las Ideas a la altura de nuestro tiempo que, en modo alguno, deberemos
considerar como cancelada de forma definitiva, ya que se encuentra en un proceso
continuo.
D. De esta caracterización de la filosofía, se desprenden una serie de rasgos
que vamos a mencionar a continuación:
a) Es un saber de segundo grado, porque supone la constitución histórica de
categorías míticas, religiosas, técnicas, científicas, etc. La filosofía, pues, no nace con el
hombre, no es connatural, sino un producto histórico cultural erigido sobre la base de
múltiples saberes previos, sobre los cuales se ejerce la actividad crítica.
b) En tanto que dialéctica, la filosofía, desde sus orígenes, ejerce de un modo
privilegiado su reflexión sobre contradicciones e inconmensurabilidades fenomé-
nicamente dadas (la inconmensurabilidad de la diagonal del cuadrado, la multiplicidad
de religiones monoteístas, la disparidad de los lenguajes nacionales, etc.) en la realidad.
La forma canónica del problema filosófico tiene siempre la estructura de una
contradicción, que debe ser cancelada para regresar a las identidades que ocultan;
identidades que se dan siempre en el plano esencial de la Ideas.
c) En ese sentido la filosofía académica, a la que nos referimos aquí, es
también, desde sus orígenes, una institución histórico-cultural, que ha cristalizado en
forma de escuelas y ha mantenido su tensión crítico reflexiva en una tradición
ininterrumpida desde Platón hasta nosotros. Los filósofos académicos, profesionales, no
han inventado sin embargo las Ideas sobre las que trabajan. Como decía Kant, se limitan
a pulir, dar brillo y correlacionar estas Ideas entre sí, a la manera de los artistas de la
razón. Pero los verdaderos legisladores de la razón son todos aquellos hombres que han
contribuido con sus trabajos, investigaciones, organizaciones e ideas, a conformar el
curso de la historia humana (Newton, Marx, Einstein, Freud, pero también Alejandro
Magno, Napoleón, Bismarck o San Agustín). Estos, y otros muchos, son los filósofos
mundanos, cuya filosofía difusa está disuelta, de alguna manera, en la conciencia de
todos los hombres. En este sentido, puede suscribirse la idea de que todos los hombres
son filósofos. Pero, como señala Popper, esta circunstancia no condena la filosofía
crítica a la inutilidad.
'Todos los hombres y todas las mujeres son filósofos; o, permítasenos decir, si
ellos no son conscientes de tener problemas filosóficos, tienen, en cualquier
caso, prejuicios filosóficos. La mayor parte de estos prejuicios son teorías que
inconscientemente dan por sentadas o que han absorbido de su ambiente
intelectual o de su tradición...
Una justificación de la existencia de la filosofía profesional reside en
el hecho de que los hombres necesitan que haya quien examine críticamente
estas extendidas e influyentes teorías". (La lechuza de Minerva, p. 64).
d) El carácter de totalización del saber humano en cada momento de la historia,
que atribuimos a la filosofía, convierte al filósofo en una especie de conciencia crítica y
lúcida de la Humanidad, o, como decía Husserl en el funcionario de la humanidad. Se
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trata de un funcionario nada complaciente, puesto que al tiempo que refleja el desarrollo
cultural de cada época, ejerce sobre ella una crítica implacable, cuyo último objetivo es
la consecución práctica de "una sociedad más justa y más feliz" (Platón).
e) Este componente práctico de la filosofía instaura en su mismo seno una
dualidad estructural, que ya la oposición clásica entre scientia (conocimiento teórico) y
sapientia (prudencia práctica, moral y política) refleja. La historia de la filosofía ofrece
el desolador espectáculo de una gran disparidad de opiniones, aparentemente
contrapuestas y enfrentadas, al escorar las distintas escuelas hacia uno de estos dos
extremos. Para unos, la filosofía aparecerá como una suerte de saber de salvación, como
una praxis revolucionaría o como un compromiso existencial con el destino del
hombre. Para otros, tomará el aspecto de una ciencia rigurosa y estricta, de una
contemplación mística del Uno o bien de una suerte da psicoanálisis catártico que
elimina los falsos problemas y nos libra de los calambres mentales, que siempre llega a
producir nuestro lenguaje. Desde nuestra perspectiva dialéctica, ambos aspectos de la
actividad filosófica son irrenunciables.
f) Finalmente, conviene subrayar, una vez más, en la época de la ciencia,
cuando las prácticas más aberrantes y las especulaciones más desaforadas compiten por
arrogarse el título de ciencias, que la filosofía no es una ciencia, ni necesita serlo para
ejercer sus funciones críticas. Ya hemos dicho que no se comporta según el modelo del
cierre categoríal, paradigma lógico interno característico y defínitorio de las ciencias,
puesto que se mantiene esencialmente abierta al proceso de producción histórico social.
No obstante, mantiene una relación íntima y constante con las ciencias desde sus
orígenes hasta nuestros días (relación histórica), utiliza el mismo instrumento
metodológico, la razón crítica (relación metódica) y recorre el mismo ámbito de la
experiencia cognoscitiva humana (relación sistemática).
En ese sentido, la filosofía no se arredra ante el discurso postmoderno de la
deslegitimación (Lyotard, Baudrillard, Vattimo, etc.). Aunque las soluciones filosóficas
son legitimadoras, jamás se reducen a mera ideología, ni tecnocrática, ni progresista.
Las Ideas filosóficas subtienden y reducen los propios discursos de la postmodemidad.
Cuando la reflexión filosófica se ejerce guiada por la noción de symploké, no se limita a
acumular categorizaciones heterogéneas, cuya única coherencia reside en la sintaxis. El
discurso deslegitimador postmodemo legaliza el caos, donde todo se mezcla y se
confunde. La consigna feyerabendiana de que anything goes no es compatible con la
racionalidad crítica.
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APÉNDICE
Criterios ontológicos del materialismo filosófico
El materialismo filosófico oferta un sistema de coordenadas capaz de traducir
a sus términos el núcleo esencial de la filosofía clásica. Se trata de una doctrina
académica (no vulgar), crítica (no simplista y dogmática como el Diamat), dialéctica y
filosófica (no dentista como la de Havemann), cuya originalidad reside en la afirmación
de que toda filosofía verdadera debe ser considerada como materialista.
En su esqueleto, la ontología materialista distingue dos planos:
I. La ontología general, cuyo contenido es la Idea de materia ontológico
general (M) definida positivamente como pluralidad (partes extra partes), exterioridad
y codeterminación.
II. La ontología especial, cuya realidad positiva son tres géneros de
materialidad, que constituyen el campo de variabilidad empírico transcendental del
mundo (Mi), es decir Mi = (M1, M2, M3). Esta arquitectura trimembre recuerda la
tripartición ontológico especial de Wolff (Mundo, Alma y Dios), de la que nos distancia
históricamente la crítica ejecutada por Kant en su Dialéctica Transcendental y la subsi-
guiente sustitución, en el idealismo alemán, por una estructura bimembre (Filosofía de
la naturaleza/Filosofía del espíritu), que, aunque modificada, sigue perviviendo en el
Marxismo (dialéctica de la naturaleza/ dialéctica de la historia). La arquitectura
trimembre de la Ontología especial mantiene una estrecha correspondencia con la
estructura trimembre de los ejes del espacio gnoseológico (vide infra: 11.3.4). Así, re-
firiéndonos al eje sintáctico, los términos de las ciencias se corresponden con las
realidades del primer género (fisicalistas); las operaciones, en tanto incluyen siempre un
sujeto gnoseológico, se corresponden con las realidades del segundo género
(fenomenológicas); y las relaciones (las estructuras esenciales, las leyes, etc., son
sistemas de relaciones) se corresponden con las entidades del tercer género.
Regresar a esta arquitectura trimembre tiene un triple sentido crítico:
(i) demostrar las limitaciones internas de la crítica ilustrada, que pretende
destruir la divinidad ignorándola, en lugar de concederle un sentido ontológico ateo en
M3.
(ii) recuperar para el materialismo la enorme masa de verdades filosóficas
construidas históricamente que pasan muchas veces por ser simples errores
espiritualistas o idealistas,
(iii) superar definitivamente el dualismo hegeliano, cuya herencia ha
hipotecado y bloqueado el desarrollo del materialismo marxista. Esta superación se
lleva a cabo simultáneamente en ambos planos. En el plano ontológico-general se niega
todo cosmismo mundanista, que abriga la idea metafísica del universo como una
omnitudo realitatis ordenada, en la que "todo lo racional es real y viceversa". Puesto
que M es una pluralidad infinita, el materialismo niega tanto el monismo como el
holismo armonista. A su vez, en el plano de la ontología especial se afirma la
inconmensurabilidad de los tres géneros de materialidad, tesis que se opone a todo
formalismo, entendiendo por tal las doctrinas reduccionistas que pretenden explicar
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íntegramente algún género en términos de otro. Las variedades algebraicas del
formalismo (primario, secundario, terciario, etc.) se corresponden con los géneros de
materialidad que pasamos a exponer brevemente.
Por M1 (primer género de materialidad) entendemos todas las entidades
constitutivas del mundo físico exterior, tales como rocas, organismos, campos
electromagnéticos, explosiones nucleares, edificios o satélites artificiales.
M2 (segundo género de materialidad) connota todos los fenómenos de la vida
interior etológica, psicológica e histórica, tales como un dolor de muelas, una conducta
de acecho o una estrategia bélica. Su reconocimiento no implica practicar el
espiritualismo ni el solipsismo, puesto que las relaciones reflexivas no son originarias y
la conciencia es social, supraindi-vidual, y se objetiva a través del lenguaje.
M3 (tercer género de materialidad) comprende todos los objetos abstractos
tales como el espacio proyectivo reglado, las rectas paralelas, el conjunto infinito de los
números primos, la Langue de Saussure o las relaciones morales contenidas en el
imperativo categórico de Kant. Por supuesto, los contenidos de Mi se ejercitan en
conexión con los contenidos de M1 y M2, pero las tres materialidades son heterogéneas e
inconmensurables entre sí.
Las relaciones entre la materia ontológico-general y los tres géneros de
materialidad son complejas, dialécticas y circulares, pues M no consiste en la suma de
los Mi, ni se distribuye en ellos como un género en sus especies o un todo en sus partes,
sino que se constituye regresivamente a partir de las contradicciones constatadas entre
las partes de Mi por medio de su trituración y autodestrucción efectivas. Así pues, en
tanto que producto del regressus desde "lo que hay", la Idea de Materia es una idea
límite, crítica, negativa (la negación de que la Materia se agote en cualquier
determinación positiva), de la que sólo tenemos un conocimiento negativo (que no es lo
mismo que la negación de todo conocimiento). Porque la negación dialéctica brota en la
relación de la materia cósmica consigo misma, cuando esa suerte de relación reflexiva y
autocontextual alcanza ella misma la forma de una contradicción. Este proceso, cuyas
resonancias neoplatónicas no ocultamos, implica la presencia de una conciencia o Ego
transcendental (E), por cuya mediación se ejercitan autocontextualmente, tanto el
regressus destructivo desde las apariencias ontológico-especiales, como el progressus
constructivo hacia la symploké dialéctica o hacia el establecimiento de las legalidades
racionales de los diferentes géneros. La instancia E juega un papel esencial, pues
supone un límite infranqueable, "transcendental", que la crítica regresiva no puede
rebasar, so pena de nihilismo o escepticismo. Pero, además, hay un privilegio de la
corporeidad humana de E, a cuya escala se ajusta el mundo, consecuente con el
materialismo, hasta el extremo de llegar a convertirla en punto de articulación entre los
distintos géneros de materialidad.
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